¿Ya no alcanza con entrenar, comer sano y dormir bien?

Hace 5 minutos

La exigencia de optimizar el cuerpo y medir cada hábito gana lugar en la vida cotidiana

Una persona se despierta y, antes de desayunar, ya tiene varios datos sobre su cuerpo. Mira cómo durmió, cuántos pasos hizo el día anterior, qué ritmo cardíaco tuvo durante la noche y si entrenó lo suficiente en la semana. Después puede llegar una foto frente al espejo, una rutina subida a redes, una aplicación que recomienda corregir hábitos y una comparación silenciosa con otros cuerpos que también aparecen en pantalla.

Esa escena cotidiana está en el centro de Cuerpo sin Cuerpos, el segundo volumen de TRAMA, el observatorio cultural de VML Argentina. El ensayo, elaborado por sociólogos, psicólogos, analistas culturales y especialistas en comunicación, plantea que el cuerpo dejó de ser solo una experiencia íntima para convertirse en algo que también se administra, se muestra y se traduce en métricas. En ese escenario, la vida cotidiana parece organizada alrededor de tres verbos: medir, optimizar y corregir.

El informe parte de una idea central: en un contexto atravesado por incertidumbre económica, fragilidad laboral y falta de horizontes claros, muchas personas sienten que el cuerpo es uno de los pocos lugares donde todavía pueden intervenir. Dormir mejor, entrenar, ajustar la alimentación, controlar el estrés o prolongar la juventud aparecen como objetivos posibles dentro de una realidad difícil de ordenar.

Fabiana Antonelli, Chief Strategy Officer de VML Argentina, explica que muchas promesas sociales ligadas a estabilidad, movilidad y previsibilidad perdieron fuerza, y que esa necesidad de control se trasladó a la escala individual. "El cuerpo gana una centralidad inédita. Se vuelve uno de los pocos territorios donde todavía parece posible intervenir, mejorar, ajustar algo", sostiene.

¿Ya no alcanza con entrenar, comer sano y dormir bien?

Cuando mostrarse también es existir

Uno de los ejes del ensayo es la relación entre cuerpo, redes sociales y visibilidad. La exposición de la vida privada, que durante décadas estuvo asociada a celebridades o figuras públicas, se volvió una práctica cotidiana para millones de personas. Rutinas de entrenamiento, comidas, cirugías, viajes, hábitos de productividad y procesos de mejora se incorporan a una narración permanente de la propia vida.

El cuerpo ocupa un lugar central porque se puede fotografiar, comparar y convertir en señal. Para Antonelli, las redes sociales ampliaron el deseo de reconocimiento, multiplicaron las escenas donde las personas buscan ser vistas y transformaron la exposición en una práctica diaria. En ese ecosistema, la identidad empieza a construirse a partir de señales visibles: cómo se aparece, qué consistencia se sostiene ante otros y qué relato produce el propio cuerpo.

Así aparece lo que el informe define como una "democratización de la celebridad". Con un celular y una cuenta en redes, cualquier persona puede construir audiencia alrededor de su propia vida. El problema no es solamente la exposición, sino la presión por sostener una imagen constante de disciplina, bienestar, juventud, productividad y control.

El ensayo toma ejemplos de la cultura digital para mostrar cómo la transformación corporal se vuelve espectáculo. Uno de ellos es el caso de Gero Arias, el joven de San Luis que decidió hacer una dominada más que el día anterior durante un año y subir el registro diario a redes sociales. El último día del desafío fue seguido por miles de personas en el Obelisco y por cientos de miles a través de una transmisión en vivo. La escena resume buena parte de esta lógica: esfuerzo físico, disciplina, conteo público y audiencia.

El mismo fenómeno aparece con las intervenciones estéticas, los filtros y la exposición de rutinas de cuidado. En esa cultura, el antes y después, la rutina impecable, el hábito extremo o la mañana coreografiada funcionan como formatos de circulación digital. "El cuerpo optimizado encaja muy bien en esa lógica porque combina relato, evidencia visual y promesa aspiracional", afirma Antonelli.

El crecimiento del fitness aparece como otro dato de esa transformación. Según el ensayo, en las ciudades ya se registran cuatro veces más gimnasios que iglesias, mientras que la musculación en la Argentina creció un 50% entre 2021 y 2023 entre quienes practican deportes. El dato muestra cómo el entrenamiento dejó de ser solo actividad física para integrarse a una forma de organización del tiempo, del consumo y de la identidad.

El informe no plantea que el ejercicio, el bienestar o la tecnología sean problemas en sí mismos. El punto está en qué ocurre cuando esas prácticas quedan absorbidas por una lógica de rendimiento permanente. Dormir puede dejar de ser descanso para convertirse en recuperación productiva; alimentarse, en ajuste de niveles; entrenar, en demostración pública; descansar, en una herramienta para volver a rendir.

El cuerpo femenino en la era de la corrección

El ensayo advierte que este régimen de visibilidad y medición no pesa de la misma manera sobre todos los cuerpos. Aunque el mandato de optimización se presenta como general, su distribución real es desigual. En el caso de las mujeres, se superpone con una historia de vigilancia sobre la apariencia, la edad, el peso, la exposición y la adecuación a ciertos estándares.

Los datos reunidos por el informe muestran esa diferencia. En la Argentina, el 91% de los comentarios negativos sobre cuerpos se dirigen a mujeres. Más del 80% declara sentir vergüenza de su cuerpo en espacios públicos, el 89% afirma tener al menos una parte del cuerpo que le genera incomodidad y el 60% considera que debería bajar de peso aun sin indicación médica. Seis de cada diez reconocen que esos comentarios afectan su autoestima.

La presión no aparece siempre como imposición directa. Muchas veces adopta el lenguaje del autocuidado, la disciplina, el bienestar o la libertad individual. Por eso, uno de los aportes del ensayo es observar cómo conviven discursos de diversidad corporal con estándares restrictivos que siguen organizando el valor social de los cuerpos. Antonelli marca esa tensión: hubo avances en representación y cuestionamiento de parámetros de belleza, pero los estándares restrictivos cambiaron de forma y de justificación.

En ese punto, la diversidad puede crecer en la superficie mientras la norma persiste en profundidad. El ensayo menciona el retorno de estéticas asociadas a la delgadez extrema, el control alimentario, la juventud permanente y las rutinas de autocorrección. También señala que, pese a los discursos de inclusión, la presencia de modelos plus-size en pasarelas de las cuatro capitales de la moda cayó un 71% entre las temporadas primavera/verano 2020 y 2025, según Vogue Business.

El cuerpo femenino queda así atravesado por una doble exigencia: debe rendir y representar. Debe mostrarse saludable, joven, deseable, regulado y naturalizar el esfuerzo que demanda sostener esa imagen. La corrección permanente se vuelve parte de la vida cotidiana: filtros, aplicaciones, cirugías, rutinas antiage, dispositivos de modelado, ejercicios faciales, control alimentario y prácticas de monitoreo.

Esa relación entre cuerpo y tecnología se extiende más allá de la imagen. El informe observa el avance de dispositivos de seguimiento corporal, desde relojes inteligentes hasta aplicaciones de sueño, nutrición o entrenamiento. Según la gacetilla de presentación del ensayo, el uso de dispositivos para monitorear sueño, ritmo cardíaco y nutrición crece a una tasa anual cercana al 17%.

En esa lógica, la salud deja de ser entendida únicamente como ausencia de enfermedad y se convierte en un estado de mejora continua. El cuerpo se lee como tablero: pasos, calorías, pulsaciones, sueño, picos, niveles, desviaciones y promedios. La pregunta ya no es solo cómo se siente una persona, sino qué dato arroja su cuerpo y qué debe corregir a partir de ese registro.

Por último, el ensayo introduce una idea que atraviesa buena parte de la experiencia contemporánea: la "fatiga de tener que poder". Antonelli la define como vivir bajo la premisa de que siempre debería mejorarse algo de uno mismo. Ese mandato nunca se cierra y produce una sensación de falta permanente.

La consecuencia es que actividades antes asociadas al descanso o al disfrute quedan absorbidas por criterios de rendimiento: dormir para producir más, meditar para ser más eficiente, entrenar para verse mejor, comer para maximizar energía, descansar con culpa o socializar de manera estratégica. En ese marco, la ansiedad y la autoexigencia se alimentan de una comparación constante entre lo que cada persona es y lo que debería estar logrando.

El informe también advierte sobre otra consecuencia: la privatización del malestar. Problemas vinculados con precariedad, sobrecarga, desigualdad, aislamiento o incertidumbre se traducen muchas veces en tareas individuales de automejora: gestionar mejor el tiempo, tomar suplementos, practicar mindfulness o trabajar el branding personal. El contexto queda fuera de foco y el sujeto carga con una responsabilidad que lo excede.

La escena vuelve entonces al comienzo: una persona mira sus métricas antes de saber cómo se siente. El cuerpo ya emitió datos, la aplicación ya interpretó el descanso, el reloj ya organizó el rendimiento y la pantalla ya ofreció una comparación posible. En esa distancia entre vivir el cuerpo y administrarlo se juega una parte del presente: la salud como promesa, la imagen como prueba y la mejora como obligación.