Cosechar es la acción final del proceso de sembrado -porque es imposible intentar la cosecha si no hubo semillas-. En la vida es igual. A veces, la siembra no fructifica; otras veces puebla con abundancia lo que apenas fue un sueño.
Si comprendemos que cada pensamiento, cada acción o cada palabra son como semillas que no siempre lleva el viento, entenderemos el fruto de nuestra cosecha.
A veces nos preguntamos por qué nos pasan ciertas cosas, por qué estamos solos o por qué nos falta lo que a otros le sobra. Inquirimos las razones de nuestra pobreza, de la escasez sin animarnos a mirar honestamente lo que hubo en nuestra bolsa de semillas.
Todos tenemos buenas y malas. Hacemos cosas que deseamos sin pensar el resultado, sin embargo comprender el sentido del error nos acerca un poco más a la ruta del acierto. No importa cuánto nos hayamos equivocado en la siembra, siempre se puede cambiar por nuevos frutos.
Elegimos la cosecha. Hoy puede ser un gran día para sembrar optimismo, alegría, comprensión, amor, piedad, incondicionalidad, paz. Si cultivamos la ira, el enojo, el desencanto, la apatía, el desamor, la envidia o la avaricia tendremos un huerto bastante solitario y triste.
Seamos conscientes de la siembra. Observemos un instante antes de plantar la semilla que, más tarde o más temprano, nos mostrará nuestras carencias o nuestros éxitos.
Para los productores, el momento más hermoso es cuando el fruto madura sano en las plantas. En nuestra vida es igual, es la madurez y la experiencia que ofrecen los años pero que se construye desde siempre.
Sembremos lo que deseemos, lo que esperamos. Ya es hora de revisar el huerto.



