La vida es un círculo de comienzos y finales eternos. Tal vez ahí reside el secreto de su magia, en la sorpresa que siempre nos depara el devenir.
Porque vivir es ir aprendiendo. Es animarse a abrir las puertas que están cerradas y transitar aquellos senderos que sólo son caminos en los sueños. Crecer es creer. Saber que siempre hay una fecha de inicio y que el punto final puede colocarse en cualquier momento.
El tiempo es la excusa de la humanidad para eternizar su existencia. Es la continua espiral que nos lleva del nacimiento a la muerte dejando en sus contornos la esencia de nuestra vida. En el proceso entendemos que vivir es sentir las emociones que nos fortalecen y que nos definen. Somos hijos, padres, amigos, vecinos, personas. Somos iguales y distintos, a todos nos pasan las mismas cosas, nos duelen los mismos dolores y nos hacen sonreír las alegrías cotidianas, cada uno a su propio modo.
Cerrar círculos en la vida es aprender a crecer. Es animarse a transformarnos en los que somos. Es elegirnos aunque cometamos errores y aplaudirnos cuando obtenemos los éxitos por los que trabajamos. Es también ejecutar la memoria para ver la siembra y proyectar el futuro para imaginar la cosecha. Cuando nos brilla el alma entendemos el sentido de la Fe, porque es cuando la esencia cobra sentido y cubre de paz nuestro destino.



