Siempre pensamos que las estafas telefónicas o virtuales les suceden a los otros, hasta el día en que "los otros" somos nosotros porque "caímos" sin importar edad, cultura, conocimiento, profesión o status social.
Cuando me tocó a mí, después de la bronca, el dolor, el estrés de los trámites que hay que realizar y de toparse con un sinfín de protocolos -que logran agotar la poca confianza que nos queda-, tuve que hacerme cargo de mi descuido y aceptarlo.
¿Qué nos deja una estafa además de la cuenta vacía?, experiencia y reflexión, porque si no aprendemos desde el dolor difícilmente comprendamos que el mundo en el que vivimos tiene todo lo que no queremos ver y tampoco sentir.
Una estafa te hace revaluar los valores, la confianza, la palabra y comprender que del otro lado hay personas expertas en vulnerarlos. La mayoría no creemos que los otros quieren abusarnos, lastimarnos o robarnos, sin embargo hay muchos que día a día se especializan con la tecnología, la inteligencia artificial, y la necesidad para sacar lo mucho o poco que uno tenga.
Sin embargo hay algo que no pueden robarnos y es lo que somos, lo que valemos, lo que entregamos, lo bueno de cada uno y lo positivo que no arranca con una mentira.
Lo más importante después de una estafa, es la red de afectos y solidaridad que se abre cuando esto sucede: familia, amigos, conocidos, compañeros de trabajo que extienden su mano para ayudar desde lo mucho o lo poco para que el dolor sea más llevadero mientras volvemos, nuevamente, a ser lo que somos y que no pudieron robarnos.



