Todos tenemos dones que nos convierten en seres especiales y diferentes, son esa chispa que nos ilumina, nos transforma, nos identifica y nos hace "únicos".
A lo largo del tiempo y de la vida podemos hacer crecer los dones, mantenerlos igual o en el peor de los casos ignorarlos. Pueden ser minúsculos o gigantes, brillantes o tenues, claros o dudosos, pero siempre nos engrandecen.
Últimamente los vamos dejando de lado y potenciamos "los talentos", primos hermanos de los dones, necesarios también para la vida porque nos permiten desarrollar la capacidad para el trabajo y el servicio. Ellos nos impulsan a construir y a dejar el legado material de lo que hacemos con el tiempo que vivimos.
Los dones son más etéreos, son íntimos, profundos, anidan en esos lugares que laten fuerte cuando la emoción nos abraza o nos golpea. Nos elevan al cielo y nos permiten fluir entre la realidad y la magia.
A veces, todo confluye, los dones de unos y de otros se encuentran en un instante divino y entonces, se produce un milagro... el de coincidir. Ese momento es el que hace la diferencia, el que escribe tu historia, el que jamás se pierde, el que brilla en lágrima y en sonrisa sin importar los años.
Ojalá todos aprovechemos la posibilidad de coincidir con otros para multiplicar el amor y la esperanza en la humanidad y obviamente... en nuestra propia historia.



