Una vez más la Semana Santa coincide con el recuerdo del inicio de la Guerra de Malvinas, y una vez más volvemos a preguntarnos por qué las decisiones de los hombres, a veces, son tan crueles.
El recorrido de Jesús, llevando una palabra diferente y desinteresada en su tierra conmovió a millares de almas que necesitaban un poco de esperanza y molestó a unos pocos que requerían la desesperanza para hacer grandes sus propósitos. En Malvinas, sucedió casi lo mismo, un país se sentía conmovido ante el primer grito de libertad que esta generación escuchaba y propició una guerra que beneficiaría a algunos y nos lastimaría a todos.
Sucede que el que necesita la esperanza, cree en las palabras y en las promesas, y mira como dioses a aquellos que mienten a cara descubierta, sin llegar a comprender la mentira y el dolor que se avecina. En Argentina murieron muchos argentinos que tenían por camiseta el amor por su patria; en Jerusalén murió uno solo para enseñarle al mundo que cuando se quiere se puede cambiar el destino, o al menos intentarlo.
Este 2 de abril recordamos la Pasión de Cristo y la Pasión de los que fueron a Malvinas, la de los que se quedaron en tierra firme, la de los sueños robados y las ilusiones vencidas.
Jesús enseñó con amor, vivió con amor y murió por amor. Los combatientes fueron a la guerra por amor, los lastimaron por error y los mataron por omisión y olvido.
Jesús y ellos están unidos por la Fe en la humanidad que, sin importar los siglos que han pasado, seguimos buscando la esperanza y creyendo que el amor por sobre todo y todos, siempre salva.
(Por Susana Platero)



