Un sacerdote y una monja: formaron una familia y hace 30 años están juntos

Daniel Genovesi y Mercedes Tarragona dejaron el clero por amor y empezaron otra vida. Aquí reconstruyen cómo fue su salida de la Iglesia católica: el silencio institucional, los años de culpa y hasta un intercambio de cartas con el papa Francisco

Daniel Genovesi tenía 16 años cuando sintió el llamado a ser sacerdote. Hasta entonces su vínculo con la Iglesia era social: iba a encuentros de jóvenes en la parroquia del pueblo, tocaba la guitarra, se divertía. "Con el tiempo el grupo con el que me juntaba me fue contagiando las ganas de escuchar el Evangelio y, de a poco, me encontré hablando con Jesús", recuerda.

De Venado Tuerto, provincia de Santa Fe, ingresó al seminario en 1981, cuando empezaba el cuarto año del secundario. Su madre lo celebró; su padre, aunque no estaba de acuerdo, lo apoyó: "Lo que elegiste no es de mi agrado, pero tampoco es malo. Andá y probá. Si ves que es lo tuyo, seguí". Daniel todavía se emociona al recordarlo: "Papá era un hombre de campo. Hizo hasta sexto grado. Sin academia, me enseñó el significado de la libertad".

Ese mismo año, pero en la ciudad entrerriana de Gualeguaychú, a unos 450 kilómetros de Venado Tuerto, Mercedes Tarragona vio pasar a un grupo de monjas cerca de su casa y salió corriendo detrás de ellas. Tenía 13 años. A diferencia de Daniel, su historia con la fe había empezado el día de su nacimiento. Después de un parto complicado, su madre se encomendó a la Virgen de la Merced. Por eso, cuando la adolescente le anunció que quería irse con las religiosas, lo interpretó como el cumplimiento de aquella promesa. "Vino a buscarla", dijo, y la dejó partir.

Mercedes se mudó a la localidad bonaerense de Avellaneda, al sur de la provincia de Buenos Aires, donde la congregación tenía un colegio. A los 17 tomó los hábitos. Daniel, en cambio, pasó nueve años en el seminario y fue ordenado sacerdote el 12 de octubre de 1990. Tenía 26. Poco después comenzó a trabajar en la diócesis de Venado Tuerto, dando clases y coordinando la pastoral juvenil y el equipo misionero diocesano con jóvenes.

La primera vez que se vieron fue una tarde de mayo de 1991, en una fiesta parroquial en Firmat, un pueblo ubicado a unos 60 kilómetros de Venado Tuerto. Él tenía 26; ella 22. Apenas se miraron. Poco después volvieron a cruzarse en otro encuentro parroquial. Empezaron a charlar, se cayeron bien y Daniel le propuso trabajar juntos en proyectos con jóvenes.

En el camino se enamoraron sin darse cuenta. Ninguno de los dos había tenido pareja; tampoco se habían besado con otras personas. Les costó reconocerlo. Durante mucho tiempo pensaron que eran solo buenos amigos.

"Vivíamos tan regulados por el deber ser que frente a cualquier emoción enseguida le encontrábamos un lugar. Nuestra formación era: la cabeza por encima del corazón", asegura Mercedes. Daniel lo describe así: "Yo era una persona muy mental, postergaba lo que sentía, lo dejaba de lado. Pero llegó un momento en que la emoción empezó a ocupar el lugar que le correspondía y entendí que estar con ella me llenaba el corazón. Ahí tomé la decisión de colgar los hábitos. Hasta entonces yo estaba convencido de ser célibe".

En varias de las notas que dieron a lo largo de estos años, coinciden, su historia suele contarse hasta ahí: el sacerdote y la monja que se enamoraron y decidieron estar juntos. Para ellos, en cambio, ese fue recién el principio.

En videollamada con Infobae, desde la ciudad de Emporia, Kansas, donde hoy viven, cuentan lo que vino tras la salida de la Iglesia católica: el silencio, los años de culpa, la reconstrucción de sus vidas -con tres casamientos y dos hijas- y un camino espiritual distinto, que hasta incluyó un intercambio de cartas con el papa Francisco. "Si me preguntás, no somos ejemplo para nadie -dice Daniel-. Solo tratamos de ser coherentes con lo que sentíamos".

Primeros indicios

La mañana de Navidad de 1991, unos seis meses después de conocerse, marcó un punto de inflexión. Ese día Daniel se despertó con la necesidad inesperada de llamar a Mercedes. Marcó el número del convento y, cuando ella atendió, improvisó un saludo y una charla trivial. Con el tiempo entendería que detrás de ese impulso había algo que todavía no podía reconocer.

Días más tarde, el 3 de enero de 1992, coincidieron en un viaje de misión a Rufino, Santa Fe. Mercedes participó solo tres días, pero cada vez que tenían un momento lo usaban para conversar. Una noche, cuando ya habían terminado con las tareas del día, se quedaron rezando en grupo. Según contaron a la periodista Emilia Erbetta en el episodio Amores como el nuestro del podcast Radio Ambulante, pusieron las manos sobre la mesa y la de Daniel quedó arriba de la de Mercedes. Él movió apenas el dedo meñique sobre la mano de ella, como acariciándola. Ella lo sintió y se lo permitió. Fue la primera vez que se tocaron.

Al regresar al convento, Mercedes notó que algo había cambiado, aunque no entre ellos. Una tarde, las monjas la convocaron a una reunión junto a la superiora general y la criticaron por distintos comportamientos, pero sobre todo por su relación con el padre Daniel. Le cuestionaron la forma en que miraba al sacerdote y cómo le cambiaba el ánimo cada vez que hablaban.

En paralelo, Daniel intentaba ordenar lo que le pasaba. "Yo tenía muy claro que nuestras vidas iban por caminos distintos y, al mismo tiempo, sentía un aprecio muy fuerte por ella", recuerda.

Sin buscarlo, volvieron a coincidir. Al terminar la misión en Rufino, una superiora le pidió a Daniel si podía llevarla junto a un grupo de hermanas a Córdoba. El viaje incluyó un par de días en la localidad de Calmayo, donde la congregación de Mercedes realizaba un discernimiento vocacional. "Lejos de ser una situación buscada, fue algo que apareció y, en el mejor sentido de la palabra, fue bien aprovechada", dice ahora él y muestra una foto donde están sentados uno al lado del otro entre una decena de monjas.

Pero ese acercamiento no tuvo el mismo efecto para ambos. Mientras Daniel continuaba con sus tareas en la diócesis y se movía con libertad; Mercedes, que vivía en comunidad, empezó a padecer la ley de hielo. Nadie le hablaba.

A mediados de 1992, después de un viaje el convento central en Córdoba para participar en un retiro, volvió a ser cuestionada por las monjas.

Poco después le comunicaron un traslado a otro convento en Gualeguaychú, su ciudad natal, a cinco horas de Venado Tuerto. Aceptó, pero duró poco. "Cuando tomé los hábitos, a los 17 años, no dimensioné que estaba renunciando a la posibilidad de amar y de formar una familia. Lo entendí cuando conocí a Daniel. Antes sentía que tenía que trabajar para salvar el mundo. Ese era el ideal", explica.

La salida de ella

Finalmente, después de diez años, Mercedes decidió dejar los hábitos. "La salida fue tremenda porque no hubo acompañamiento -describe-. Primero vino el silencio. Me hicieron a un lado muy rápido por miedo a que contagiara a otras. Me metieron en una habitación y me dijeron: ‘Sacate el hábito y devolvé todo lo que no es tuyo'. Había una falda y una remera. Cuando terminé de vestirme me señalaron una puerta. Me fui sin un abrazo, sin una bendición, sin un beso. Como si tuviera lepra".

Después llegó la culpa. "Sentía que había traicionado a Dios, a mis promesas y a la comunidad. Lo único que me dijo una superiora fue: ‘Recordá que por unos meses tenés los votos (de castidad)'. Le respondí: ‘Pero Madre, ¿usted cree que me voy a ir a prostituir?'".

El primer mes volvió a la casa de sus padres. Aunque durante los años en el convento tuvo contacto con el exterior, siempre fue desde su rol religioso. "Me daba vergüenza que vieran las piernas o el pelo. Tampoco sabía comunicarme socialmente o hablar de boludeces, como me gusta decir, porque estaba acostumbrada a conversar de ‘temas serios'. Salí sintiendo que tenía algo malo", sostiene.

Treinta años después, Mercedes dice que todavía le duele: "No es un dolor de bronca ni pelea. Es la falta de humanidad con la que se manejaron. La persona que sale es una persona que traiciona. ¿Qué traiciona? No sé, pero es un traidor".

La salida de él

Daniel dejó el clero en noviembre de 1993, un tiempo después que Mercedes. Según cuenta, las veces que intentó hablar de sus sentimientos hacia ella con algún superior, no encontró espacio. "Nunca dije: ‘Me estoy enamorando', pero sí: ‘Me está pasando algo'", recuerda.

Primero habló con el vicario general y luego con el obispo. Acordaron que haría un retiro breve en Rosario para discernir lo que le pasaba y que, durante ese tiempo, él se mantendría alejado de Mercedes y la Iglesia no intervendría. Sin embargo, mientras estaba fuera, el obispo la citó a ella en un bar y le ofreció dinero para que se apartara. "¿Cuánto querés?", le dijo. También le ofreció relocalizarlos en el Sur. A cambio tenían que ocultar su historia.

El episodio quebró la confianza de Daniel. Hasta entonces, pese a sus contradicciones emocionales, creía que podía continuar con su tarea pastoral. Después de eso, dejó de verlo posible. "El juego de la manipulación se hizo evidente. Como yo era importante para la organización, no querían perderme".

Poco después pidió una reunión para comunicar su decisión. Preparó cada palabra. "Quiero reconocer que me equivoqué -arrancó diciéndole al obispo-. Me equivoqué al considerarlo un padre. Voy a seguir el camino del amor con Mercedes y dejar el ministerio sacerdotal. Agradezco el tiempo vivido aquí, pero no voy a continuar".

El obispo intentó disuadirlo: "Esa chica no te quiere, si no, no te hubiera dejado en libertad". Daniel le respondió: "La libertad es lo más hermoso que uno puede regalarle a otra persona".

Ese mismo día retiró sus pertenencias del obispado. No era mucho: varios libros, una muda de ropa y un cepillo de dientes. Luego avisó por carta a sus compañeros y se quedó en la catedral por si alguien quería despedirse. Algunos de ellos pasaron a saludarlo.

La historia del cura que abandonó los hábitos para casarse con una exreligiosa no tardó en llegar a la tapa de los diarios locales. "El caso del sacerdote venadense que abandonó los hábitos", tituló el semanario regional La Ciudad. "Nos gritaban La extraña dama -recuerda Mercedes, en referencia a la telenovela en la que Luisa Kuliok interpretaba a una monja-. En ese sentido creo que es importante tener en cuenta el contexto en el que nace una historia de amor: cuando surge en un terreno tan difícil como el que transitamos nosotros, el hecho de que florezca es casi un milagro", dice.

Después de su salida, Daniel también experimentó el mismo silencio que padeció Mercedes. "Dejás de existir. Te lanzan a la deriva y se olvidan de vos. A mí me fue relativamente bien, pero la mayoría se la dan contra el suelo. Es complejo empezar de nuevo sin nada y con pocas habilidades sociales", dice.

Daniel dedicó trece años de su vida a la Iglesia católica.

Tras retirarse inició el pedido de dispensa del celibato y, para su sorpresa, le informaron que su caso recién sería tratado una década más tarde. ¿Por qué tanto tiempo después? "Para el Vaticano cualquier decisión tomada antes de los 40 años podía ser voluble. Lo incongruente es que cuando tenía 25 aceptaron como definitiva mi decisión de ser célibe", dice.

Una vida nueva

Al salir, él tenía 29 años y ella 25.

"No teníamos idea de nada. Solo sabíamos que queríamos estar juntos", recuerda Daniel. "Éramos dos chiquilines", suma Mercedes.

El primer tiempo lo pasaron en Venado Tuerto, en un pequeño departamento que alquilaron por un precio simbólico. Allí, el 13 de noviembre de 1993, improvisaron una ceremonia íntima frente a un crucifijo y -en presencia de Pepita, la dueña de casa, y René, a quien consideran un "padrino"- se prometieron amor para siempre.

Durante esa etapa, el rol de René fue clave. "Nos ayudó a pensar en un momento de crisis de sentido. Lo primero que nos dijo fue: ‘Ya sé que están enamorados, pero ¿qué van a hacer?'. Porque ninguno de los dos tenía trabajo", cuenta Daniel. "También nos enseñó a vestirnos, a comprar ropa y a ir a comer a un restaurante. Hasta me llevó a que me enseñaran a maquillarme", agrega Mercedes.

Mientras tanto los dos buscaron empleo y comenzaron a estudiar una carrera. Daniel cursó Psicología y luego un posgrado en Recursos Humanos. Mercedes, una licenciatura en Ciencias de la Educación.

El sexo era un mundo desconocido para ambos. Habían pasado la juventud en instituciones religiosas y la intimidad era un territorio totalmente ajeno. "Podíamos darnos un beso, pero teníamos tan arraigados los patrones de la culpa y de la traición que no podíamos concretar. Nos costó un montón", dice Daniel. Y sigue: "En mi caso había deseo, pero no había potencia. Así que tuvimos que trabajarlo. Con diálogo, con paciencia y con risas, porque la risa también ayudó. Al final se destrabó".

"Nos tuvimos que inventar -dice Mercedes-. No teníamos referentes y partimos desde un ideal. Después la vida nos dio un revolcón. A los pocos meses quedé embarazada, pero el bebé nació prematuro y murió a las dos horas. Algunos dijeron que había sido un castigo de Dios", cuenta.

No todos reaccionaron igual. Al enterarse de la noticia, el padre Luis Jeannot, un sacerdote de Gualeguaychú, la ciudad donde nació Mercedes, pasó por la casa de sus padres y se quedó tomando mate con ellos. "Para nosotros fue la presencia del lugar que nos había cerrado la puerta", coinciden.

Con el tiempo, Daniel y Mercedes empezaron a transitar un camino espiritual distinto. Siete años después de dejar Venado Tuerto, comenzaron a acercarse a la Iglesia anglicana. Daniel volvió al ministerio: primero como párroco en la localidad bonaerense de Hurlingham y luego como obispo en Uruguay. Ahora trabaja en la diócesis episcopal de Emporia y en la parroquia Saint Andrew's.

"Entendí que la Iglesia es mucho más grande que la Iglesia católica romana. La vivencia espiritual va por encima de cualquier denominación. Yo le debo lealtad a ese mundo espiritual y a una conexión que nace desde mi interior, no a los distintos entornos por los que fui pasando e incluso en el que me encuentro. Los respeto y valoro, pero no me definen. Este es el proceso de transformación que fui teniendo con los años. Pero me tomó mucho tiempo. Para mí fue un duelo largo. El intercambio espistolar que tuve con el Papa Francisco me ayudó a procesarlo. Después de eso pude seguir mi camino", dice Daniel.

-Daniel, ¿le mandaste una carta al Papa Francisco?

-Sí, en marzo de 2013. Una semana después de que asumió me salió escribirle. Muchas veces había estado en contacto con personas que habían dejado de ser sacerdotes católicos y los vi sufrir. Y esa carta expresaba el dolor de muchos. Básicamente decía: "¿Qué va a hacer con aquellos que han dejado de ser sacerdotes? Parecemos leprosos". Meses más tarde me respondió y después publiqué ese intercambio en un libro que se llama Querido hermano. Fue algo simbólico, pero importante: al menos hubo una respuesta. El Papa empezaba diciendo: "Lo que exponés es real y lo recibo como un llamado de Dios a plantear el problema y buscar caminos".

-Mercedes, ¿cuál es tu vínculo con la Iglesia hoy?

-Me considero una persona espiritual. Hoy colaboro con la Iglesia anglicana porque me gustan las actividades con mujeres. Lo valioso de este lugar es que alguien puede servir un tiempo y después retirarse a hacer otra cosa sin que eso sea visto como una traición. Se respetan los ciclos de la vida. En paralelo trabajo como counselor y en Emporia armé un círculo de mujeres orientado al desarrollo personal.

-¿Están casados?

Mercedes: Sí, nos casamos tres veces. Y tuvimos dos hijas María Carla y Camila, de 30 y 27 años.

Daniel: La primera boda fue apenas dejé los hábitos. El 13 de noviembre de 1993, en Venado Tuerto, hicimos una ceremonia íntima en el departamento donde vivíamos. No podíamos hacerlo público porque iba a ser un escándalo. Al año siguiente, cuando Mercedes quedó embarazada, nos casamos por civil, el 15 de abril de 1994. Y muchos años después, ya con nuestras hijas, nos casamos por Iglesia anglicana, el 21 de julio de 2001. Entramos con ellas y con los hijos de nuestros amigos. Fue hermosísimo.

-Daniel, en tu novela autobiográfica El silencio de los ángeles hablás de un "amor imposible". ¿Creés que el de ustedes lo era?

-En ese momento lo veía muy difícil. No sabía a dónde iba, solo tenía claro que no podía seguir donde estaba y que quería estar con Mercedes. Hubo coraje, pero también mucha inconsciencia. Después de treinta y pico de años de juntos, puedo decir que muchas veces lo imposible en el amor se hace posible. Lo importante no es que algo dure para siempre, sino que uno pueda ser fiel a lo que siente. Si eso coincide con la pareja, la relación dura. Y si no, también está bien. No se trata de salir de una trampa para caer en otra. Hay que tratar de ser plenamente humanos.

Antes de despedirse, Daniel busca su novela autobiográfica y lee en voz alta el comienzo:

"Cada vez que muere un ángel, hay una extraordinaria irradiación de energía que permite que se cumplan los deseos imposibles. Pero ningún ángel puede morir, a menos que lo decida él mismo. Y eso solo ocurre cuando ve que un deseo humano vale su sacrificio. Entonces, el ángel irradia su máximo esplendor y se entrega a sí mismo como bendición. Los otros ángeles contemplan esto en respetuoso silencio. Cuando los ángeles callan, el cielo sabe que se ha abierto una puerta que da lugar a que surja lo imposible. En la oscuridad de la noche, esto se observa como la caída de una estrella fugaz. La costumbre de pedir un deseo al ver ese acontecimiento es el recuerdo intuitivo que poseemos de este conocimiento olvidado".

Sentada a su lado, Mercedes lo mira y juntos sonríen. Él ahora tiene 61; ella 57. El amor sigue ahí.