Murió Ernesto Cherquis Bialo a los 85 años

Referente indiscutido, dejó huella en distintos formatos con estilo propio, mirada aguda y legado imborrable dentro del ambiente local

 El periodismo deportivo argentino atraviesa horas de duelo tras la muerte de Ernesto Cherquis Bialo, quien falleció a los 85 años luego de atravesar una leucemia que había deteriorado su salud en el último tiempo. Su figura marcó una época y dejó una herencia difícil de igualar.

El reconocido cronista ya había enfrentado complicaciones médicas durante el año pasado, cuando debió ser internado en el Hospital Alemán. Aquella situación generó una fuerte cadena de apoyo en el ambiente, con pedidos de donación y múltiples muestras de afecto de colegas e hinchas.

En ese contexto crítico, el propio protagonista reveló el duro diagnóstico que recibió de su médica: "No tengo buenas noticias. La médula no funciona. Haga lo que tenga que hacer. Despídase de quien se tenga que despedir, firme los papeles que tiene que firmar". Contra todo pronóstico, logró recuperarse por un tiempo.

Meses después, el periodista explicó con crudeza el cuadro que derivó en su enfermedad: "Yo tuve un enfriamiento que se convirtió en un broncoespasmo, que se transformó en una pulmonía y que terminó, este, con una, una neumonía bilateral. La neumonía bilateral me produjo la falta absoluta de defensas y la falta absoluta de defensas hizo que dejara de funcionar mi médula. Y cuando mi médula dejó de funcionar, el organismo reaccionó con una leucemia".

 Su historia en los medios comenzó a escribirse a principios de los años 60, cuando dio sus primeros pasos en la mítica Editorial Atlántida. Allí ingresó a El Gráfico, la revista más influyente del continente, tras una entrevista que marcaría su destino profesional.

Sobre aquel encuentro inicial, dejó una reflexión que sintetiza su vínculo con el oficio: "Fontanarrosa me hizo sentir tan cómodo en aquella primera entrevista... lo más importante, la Ley 1 digamos, era el respeto por sus lectores. Imposible no entenderlo para siempre". Esa premisa guiaría toda su carrera.

A lo largo de las décadas, construyó un nombre propio dentro de una redacción histórica, compartiendo espacio con figuras emblemáticas del periodismo deportivo. Su crecimiento fue sostenido hasta alcanzar la dirección de la revista entre 1984 y 1990, etapa en la que consolidó su liderazgo.

Si bien cubrió múltiples disciplinas, su sello quedó profundamente ligado al boxeo, deporte que lo tuvo como testigo privilegiado de grandes epopeyas. En ese rol, incluso utilizó el seudónimo Robinson, motivado por su admiración a Sugar Ray.

Consultado sobre esa disciplina, dejó un análisis contundente que resume su mirada: "Carlos Monzón fue el campeón mundial más grande que tuvo la Argentina, claramente... El boxeo era el deporte número dos, en discusión con el automovilismo. Y las tapas de El Gráfico lo reflejaban".