A 50 años de la trágica muerte de Ringo Bonavena
Ringo entendió el negocio del entretenimiento antes que el concepto existiera; fue el compadrito canchero, el que se burlaba de las convenciones sociales pero regresaba puntualmente cada domingo para comer los ravioles de Doña Dominga frente a las cámaras de televisión
Medio siglo atrás, el 22 de mayo de 1976, bajo el cielo rasposo de Reno, Nevada, un disparo de fusil Remington terminó con la vida de Oscar Natalio Ringo Bonavena a sus jóvenes 33 años. Con él, no solo cayó un deportista descomunal de 58 victorias y 9 derrotas, sino que se apagó la voz de una época, el histrionismo de Parque Patricios y el andar prepotente de un porteño que creyó que el mundo era un ring sin límites.
Existe una paradoja trágica en el desenlace de la historia de Bonavena: el tipo de pecho hinchado, que se había plantado con una guapeza conmovedora frente a los dos colosos más aterradores del boxeo mundial -Joe Frazier y Muhammad Ali-, terminó desplomado en la entrada de un burdel de ruta, asesinado por la mano de un cobarde custodio que jamás se había puesto un guante. En la soledad del desierto de Nevada, a Ringo le quitaron de golpe la farsa del neón que tanto anheló y las promesas de un renacimiento deportivo. Se quedó sin el banquito de su rincón, que mencionaba en su frase más célebre y desgarradora: uno tiene un representante o mánager, un masajista que le ablanda a uno el cuerpo, recibe consejos hasta del promotor, alguno se lleva más dinero que el propio boxeador; pero lo cierto es que cuando suena la campana, te sacan el banquito y uno se queda solo.
La historia de Ringo se explica desde la disrupción. Nacido el 25 de septiembre de 1942 en el corazón de Parque Patricios, fue el octavo de nueve hermanos criados por la figura mítica de Doña Dominga, el faro ético y sentimental de su existencia. De pibe descubrió que la calle y la prepotencia del trabajo eran su mejor defensa. 'La calle lo aviva a uno', solía recordar con esa picardía de esquina que no se compraba en ningún gimnasio. Ante la pregunta impertinente de la prensa norteamericana sobre la cantidad de hermanos decía: 'Ocho vivos y yo, que soy el único que trabaja'.
Su irrupción en el boxeo fue tan espectacular como caótica. En 1963, mientras disputaba los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro como amateur, la impotencia ante el estadounidense Lee Carr lo llevó a cometer un acto de rebeldía casi animal: le mordió el hombro en plena pelea. La sanción de la Federación Argentina de Boxeo fue implacable, obligándolo a un destierro temprano en los Estados Unidos para forjar su carrera profesional en 1964. Allí una señora lo confundió con Ringo Starr por su corte de pelo al estilo Beatle, bautizándolo para siempre con el apodo que llevaría como una marca registrada de su carisma.Cuando regresó a la Argentina a los 22 años, lo hizo con una obsesión: destronar a Gregorio Goyo Peralta, el elegante campeón de todos los pesos que representaba la antítesis de su estilo gritón y provocador. Ringo montó un show mediático sin precedentes, tildando a Peralta de miedoso y acorralándolo en cada reportaje. La noche del 4 de septiembre de 1965, el Luna Park rugió. Se vendieron 25.236 entradas físicas -un récord absoluto e insuperable para el estadio de Corrientes y Bouchard-. Ringo ganó por puntos en un fallo unánime indiscutible y rompió a llorar como un nene sobre el hombro del vencido.
Ese triunfo lo transformó en un ícono de la cultura pop argentina. Bonavena entendió el negocio del entretenimiento antes de que el concepto existiera. Filmó películas, frecuentó almuerzos televisivos y se animó a grabar el inolvidable tema musical "Pío Pío" junto a la mítica banda uruguaya Los Shakers. Ringo fue el compadrito canchero, el que se burlaba de las convenciones sociales pero regresaba puntualmente cada domingo para comer los ravioles de Doña Dominga frente a las cámaras de televisión.
El destino de Ringo estaba marcado por la búsqueda constante de lo imposible. El 7 de diciembre de 1970, en el Madison Square Garden, Bonavena tocó el cielo con las manos y construyó su propia inmortalidad deportiva. En los días previos al combate contra Muhammad Ali, montó una de las campañas de guerra psicológica más brillantes de la historia del boxeo. Ante las cámaras gringas, mientras Ali intentaba imponer su verborragia habitual, Ringo lo interrumpió moviendo la mano como quien espanta una mosca y le espetó con un inglés rústico pero letal: '¡You are a chicken, chicken! '¿Why you don't go to Vietnam?'. Lo llamó 'Clay' cuando el campeón olímpico ya se había cambiado el nombre a Ali. .En el ring la guapeza fue una resistencia heroica. En el noveno asalto, Ringo conectó su mítica zurda boleada y tiró al gigante de Louisville, haciendo temblar los cimientos del boxeo mundial. Ali se recuperó y terminó noqueándolo técnicamente en el decimoquinto round tras tres caídas consecutivas, la derrota tuvo sabor a gloria en la Argentina.Desde esa noche, Bonavena persiguió de manera obsesiva la revancha con Ali. Esa obsesión, junto al desgaste natural de los años y la frustración de no conseguirla, fue la grieta por donde se filtró la trampa que lo arrastró al desierto de Nevada.